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viernes, 28 de julio de 2017

POSTURA DE MONS SCHNEIDER

Resultado de imagen para Mons Schneider imágenesPor Dardo Juan Calderón.
CON RESPECTO AL CONCILIO VATICANO II.
   Si, ya sé. Me van a decir que cuando aparece uno bueno que quiere emparejar la senda, yo le salgo con defectillos. Que siempre el mismo, golpeo para el lado de los “buenos”. Que por qué no hablo del Tucho Fernández y su novio. Y bien… me importan muy poco los del otro bando, su manifiesta malicia nos defiende de ellos, el problema es justamente el de los “buenos”. No digo que sean lobos con piel de cordero, digo que en tren de llegar a arreglos ya no dicen Sí Sí y No No, y que terminan siendo los que aseguran y afirman el primer paso de la revolución, atacando exclusivamente al segundo. Ustedes me dirán que le busco la quinta pata al gato, pero yo sinceramente creo que no, que los errores de estos señores me resultan tan patentes y evidentes, que salvo un cálculo político (del que carezco) que hacen algunos, no puedo comprender que no lo vean. El objetivo de Schneider es Francisco, pero para ello está dispuesto a aceptar al Concilio Vaticano II, que es justamente lo que nos dio a Panchito.
 
   Sin más vueltas, el bueno de Mons. Schneider es un conservador que trabaja para dejar en pié el Concilio Vaticano II, no ya en manos de los locos que lo chocan, sino en manos de… (Él cree que puede cambiar de mano y servir para algo),  sin lugar a dudas de otros nuevos locos y no él, ni ellos (sus grupos), porque se los van a comer crudos si deja indemne esa “constitución” maldita y perniciosa.
    Lean por favor el artículo de David Martin en de Remnant: “¿La Revolución del Vaticano II fue malinterpretada?” y verán que tan solo no estoy en mis cavilaciones. Y con este artículo en la mente, comencemos la tarea de entender qué quiere decir el Monseñor en su artículo.
  Transcribiremos los párrafos del Artículo de Mons. Schneider difundido por Adelante la Fe y agregaremos algunos comentarios:
“La crisis sin precedentes que atraviesa actualmente la Iglesia se puede comparar con la crisis general del siglo IV, cuando el arrianismo había contaminado a la abrumadora mayoría del episcopado y asumido una posición dominante en la vida de la Iglesia. Por un lado, debemos procurar ver la presente situación con realismo, y, por otra parte, con espíritu sobrenatural, con profundo amor por la nuestra Santa Madre Iglesia, que está sufriendo la Pasión de Cristo a causa de esta tremenda y general confusión doctrinal, litúrgica y pastoral”.
  Si es una crisis “sin precedentes”, pues no hay que compararla con la crisis del siglo IV, bien dice Calmel que una cosa es una Herejía, y muy otra es la “Apostasía”. Tratemos de ver lo novedoso de esta crisis y saber que los remedios no son los mismos. De todas maneras no es una objeción, es para calentar la máquina. Estamos de acuerdo en esta “tremenda y general confusión doctrinal, litúrgica y pastoral”, siempre que entendamos que es “doctrinal”, las dos restantes lo son por consecuencia, por efecto.

Tenemos que renovar nuestra fe para creer que la Iglesia está en las seguras manos de Cristo, y que Él siempre intervendrá para renovarla en los momentos en que parece que la barca de la Iglesia está a punto de zozobrar, como resulta patente en nuestros días.
Por lo que respecta a nuestra actitud con relación al Concilio Vaticano Segundo, hay que evitar dos extremos: rechazarlo totalmente (como hacen los sedevacantistas y un sector de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), o atribuir un carácter infalible a todo lo que dijo el Concilio.
  Parece que hay dos equivocados extremistas, los que rechazan in totum, y los que lo aceptan como verdad infalible.  Esto es el remanido argumento de  los extremos y la posición media que concilia: no es así, no existen esos dos extremos, nadie en el mundo considera al Concilio “Infalible”, esa palabra está borrada de la mentalidad moderna y ese “bando” está inventado por este Monseñor para crear una posición media. Nadie piensa que el Concilio Vaticano II es infalible, esto iría contra su propia letra y espíritu, el Concilio dice expresamente que no es infalible, y agrega tácitamente – o ambiguamente – que no hay “nada” que sea infalible. El “espíritu” del Concilio es, partiendo de un aparato conceptual idealista, la idea de que nada puede ser para siempre, ni infalible, ni dogmático; que él habla en términos “pastorales” (está mal el término, ya veremos) porque lo que quiere decir es que ya no se puede hablar en términos definitorios, la verdad no se puede imponer desde el Magisterio, es una iglesia que dialoga. Ni siquiera dice - ni quiere decir -  que esto deja sin efecto lo anterior, lo que sería definir algo, sino que lo toma indemne en sentido historicista. El Concilio simplemente abandona su función Magisterial, propone una opinión, pero no define nada; y es justamente contra esto que se reacciona desde la Tradición. ¿Dónde están los del bando maldito que dicen que es infalible? Díganme un solo nombre. El que defiende el Concilio, lo defiende porque no es infalible, y porque torna discutible y difusa toda afirmación, es el puntapié inicial que abre el debate sobre todo lo que se creía ya fijado y definido.
Resultado de imagen para Mons Schneider imágenes   Los dos bandos verdaderos son: los que dicen que no sirve nada, y los que dicen que es bueno abrir el debate. Entre estos últimos hay quienes piensan que hay que ir de a poco para no armar semejante despelote, y otros que dicen que hay que revolverlo todo, “hacer lío”, que esas crisis son positivas. Unos dicen que puede ser remendado y seguir en uso, en diálogo. Y ese bando es él. Esos son los extremos y él,  está en un extremo. Por el medio hay quienes quieren salvar más o menos piezas de la máquina desastrosa, pero no porque valgan algo, sino para dar una salida política a un cisma que se hace evidente.
   No soy la persona autorizada para hablar en nombre de la FSSPX, pero entiendo que TODA la FSSPX rechaza totalmente el Concilio en su “espíritu”, pudiendo algunos entender que pueden salvarse algunas “letras”, algunos párrafos descontextualizados, Lefebvre fue más que claro en esto. (Para explicarnos pongamos un ejemplo: hicimos una máquina y terminó en desastre: bufa y explota, ¿qué hacemos? Lo mejor es tirarla; pero puede ser que sirvan algunas piezas, las cubiertas por ejemplo (para quemarlas en una manifestación), o un pistón para hacer un cenicero; ¡pero pretender dejarla andando con un par de arreglos de chapa y pintura!). Hay gente que no quiere dar un portazo y da tiempo a los demás para la comprensión, pero el “diálogo” o “negociación” de la FSSPX, siempre ha sido el llevar una lista de aquellas cosas que no va a negociar ni están sujetas a diálogo.
El Concilio Vaticano II fue una asamblea legítima presidida por los pontífices, y tenemos que mantener una actitud respetuosa hacia el mismo. Ahora bien, eso no quiere decir que nos esté vedado expresar dudas razonablemente fundadas o proponer con respeto mejoras con respecto a determinadas cuestiones, en tanto que lo hagamos basados en la totalidad de la Tradición de la Iglesia y su Magisterio perenne.
Las tradicionales y constantes afirmaciones del Magisterio a lo largo de los siglos tienen precedencia y constituyen un criterio para verificar la exactitud de las afirmaciones magisteriales posteriores. Toda nueva declaración del Magisterio debe ser de por sí más precisa y más clara, pero nunca ambiguas ni parecer que contradiga previos pronunciamientos constantes del Magisterio.
   Allí está, hay que “respetarlo”, contar con él, es un desastre, pero seguimos con él. Con “reparaciones” textuales, pero… ¿mantenemos la “contextualidad”?, deconstructivos… pero no tanto.
  Parece muy bueno establecer como parámetro de juicio al Magisterio anterior, el tema es qué valor vamos a dar a este Magisterio anterior, pues el principio que estamos sentando en este, si lo respetamos como Magisterio,  es que ¿por qué los otros no pueden tener también correcciones y defectos? También eran concilios y Magisterios “respetables” como este. Termina en que todos pueden ser revisados. ¿Revisados cómo? Ya veremos  
Las afirmaciones del Concilio Vaticano II que son ambiguas deben ser leídas e interpretadas según las de la totalidad de la Tradición y del Magisterio constante de la Iglesia.
   Bueno, esto lo afirman todos, todos creen interpretar al Concilio de esta manera, y aún más, cada uno lee y entiende esas Tradiciones y Magisterios como se le da la gana, pero mucho más si ese magisterio no es “infalible” y lo que es “infalible” es la Tradición oral apostólica y la letra de la Escritura y no el magisterio Papal de todos los papas (veremos más adelante que esto entiende el Monseñor).
   No es tan fácil, la ambigüedad o el error no pueden entrar a la fuerza en el juego hermenéutico o lo desquician para dejar de ser tales, es mezclar peras con manzanas diría la maestra. Si me dejas el Concilio Vaticano II dentro del ruedo y es materia de interpretación, junto con lo demás, va a resultar una chapuza. Estos errores y ambigüedades deben ser condenadas por la autoridad jerárquica en pronunciamiento definitivo, y no podemos contentarnos con nuestra propia interpretación para salvar las ambigüedades. Esa ambigüedad supone “dudas”, y las dudas – o dubias – deben ser preguntadas y respondidas por la autoridad, sino la ambigüedad se torna de imprecisión, en mala fe. Todas esas ambigüedades han sido requeridas de aclarar por los hombres del Tradicionalismo, y se han mantenido sin aclarar, de mala fe. La interpretación de la Tradición y del Magisterio constante es justamente la tarea de la Jerarquía eclesiástica, del Papa, es decir que debemos hacer una interpretación personal, por fuera de la Jerarquía. Ya el asunto es peligroso.  
En caso de duda, las afirmaciones del Magisterio constante (es decir, los concilios y documentos pontificios cuyo contenido ha demostrado ser una tradición segura y constante durante siglos en un mismo sentido) se imponen sobre las que son objetivamente ambiguas o las afirmaciones novedosas del Concilio Vaticano II que, con toda objetividad, difícilmente concuerdan con las afirmaciones del Magisterio constante anterior (v.g., el deber del Estado de venerar públicamente a Cristo, Rey de toda sociedad humana, el verdadero sentido de la colegialidad episcopal con relación al primado petrino y al gobierno universal de la Iglesia, el carácter nocivo de las religiones no católicas y el peligro que suponen para la salvación eterna de las almas).
   Muy linda la tarea de definir qué es Magisterio constante o tradición segura y con ello rebatir lo que hoy se opone a ello, pero ¿Quién la hace? ¿Yo? ¿Vos? ¿Bouyer? ¿El Padre Calderón? ¿Mons. Schneider? ¿El Tucho? ¿Francisco? Nooo, de ninguna manera… ¡la hacen todos juntos en un aquelarre!
  La lista de puntos en discusión es escueta, espero que sea en el sólo sentido de ejemplos y no taxativa; pero el problema no es una lista, y aunque podemos agregar a la lista todas las objeciones y contradicciones que ha recogido Romano Amerio y muchos otros,  lo esencial es que esas ambigüedades concretas, provienen de un espíritu de ambigüedad general, de un historicismo que no niega las verdades anteriores “para su tiempo” y que vive “nuevos tiempos”.
  No es fácil oponer al espíritu conciliar las anteriores afirmaciones, porque serán aceptadas como buenas “para su momento”, y hoy son otros momentos. Nunca las negarán, ellas no cambian, cambia “el tiempo”, y ya tenemos un nuevo dato que hace que la discusión sea eterna. Nunca aceptarán que hay contradicción, hay “adecuación” al momento. Es un problema de “espíritu” del texto o de los textos.
Hay que ver y aceptar el Concilio Vaticano II como tenía por objeto ser y como lo que fue en realidad: un concilio ante todo pastoral. Es decir, que la intención de dicho concilio no era proponer nuevas doctrinas ni hacerlo de forma definitiva. La mayor parte de sus afirmaciones confirmaban la doctrina tradicional y perenne de la Iglesia.
   Esto es conceder y aportar ambigüedad. No hay tal diferencia tajante entre lo pastoral y lo doctrinal. Las ovejas se pastorean conforme lo enseña la ciencia pecuaria, pensar en pastorear sin ciencia es un desvarío. Es falso que la mayor parte de sus afirmaciones confirmaban la doctrina tradicional, pues lo hacían – cuando lo hacían - en un lenguaje ambiguo e historicista, como hemos dicho.  ¡Claro que la intención no era proponer nuevas doctrinas! sino dejar sin efecto y sin fundamento de autoridad la doctrina existente. Hacer que no existiera más doctrina, sino sólo praxis. Cuando uno dice que va a hablar “sin fundamentos” para definir una acción, lo que está diciendo es que va a instalar la locura y la insensatez como sistema de acción. Esto no puede ser sostenido por nadie. Lo que en realidad se decía cuando se postulaba esta postura, es que “vamos a encarar el tema desde otro ángulo, con OTRA DOCTRINA”
Algunas de las nuevas afirmaciones del Concilio (v.g. la colegialidad, la libertad religiosa, el diálogo ecuménico e interreligioso, la actitud para con el mundo) carecen de carácter definitivo, y por ello aparentemente o en realidad, no se ajustan a las afirmaciones tradicionales y constantes del Magisterio, y es necesario complementarlas con explicaciones más exactas y suplementos doctrinales más precisos. Una aplicación ciega del principio de la “hermenéutica de la continuidad” tampoco ayuda, porque de ese modo se crean interpretaciones forzadas que no convencen ni ayudan a llegar a un conocimiento más claro de las verdades inmutables de la fe católica y su aplicación concreta.
   Coincidimos “todos” en que estas afirmaciones - y otras- carecen de carácter definitivo, no coincidimos en que esta disconformidad con lo anterior pueda ser aparente, es real y total, es pura contradicción, pero la contradicción está en el principio conceptual que ya dijimos, en el principio de que nada puede ser categóricamente afirmado, que la realidad misma es contradictoria. Esa contradicción “es buena” para ellos, es el motor del debate, es lo que da “continuidad” al pensamiento, si defino rompo la cadena del pensamiento que es algo que se da en el “tiempo”. Pretender que se aclaren al ser “complementadas” es entrar en el juego, deben ser “corregidas” desde la negación de aquel “principio” sobre el que están fundadas, principio que permite corregir o complementar todo lo que se quiera, porque ellos mismos dicen que no son definitivas.
   No hay que alegrarse porque no sean definitivas y hay que entristecerse porque en sí mismo, lo que dice el Concilio, es que no hay Verdades definitivas. No decimos: “¡Gracias a Dios que dijeron que no son definitivas!”, lo que decimos es. “Qué desgracia cuando la autoridad decide no decir cosas definitivas”.  De esta manera nunca terminará la ambigüedad.
   Estoy de acuerdo en lo que respecta a la patraña de la “hermenéutica de la continuidad”, pareciéramos coincidir, pero tampoco es así. La hermenéutica de la continuidad no significa lo que él cree – o dice que cree- que significa; es decir: interpretar conforme a la tradición anterior, en continuidad a la tradición anterior. No.  La “Hermenéutica de la continuidad” es justamente lo contrario, no es algo que se piensa para lo de atrás, sino para la continuidad hacia adelante, para que el pensamiento siga evolucionando desde el juego contradictorio, pero ordenado. El gran Joseph Ratzinger lo que buscaba no era continuar sosteniendo de igual manera lo anterior, que es un quietismo esquemático (Santo Tomás, que detiene la evolución del pensamiento), lo que buscaba era avanzar en la progresión hermenéutica del dogma, ¡hacia adelante! Y para ello hay que evitar a los quietistas y a los anarquistas que rompen el hilo del debate en un despiplume desordenado.
   Es lo que hace este Monseñor, que es seguir adelante – continuar- el diálogo bajo premisas no definitivas poniendo todo adentro y sujeto a cuestionamiento, lo anterior y lo conciliar, sin dar por definida ni terminada la “cosa”, esperando ascender en el debate. La hermenéutica de la continuidad es justamente no temer a la ambigüedad y a la duda - que es esencial a su modo de pensar – y seguir adelante en el debate. El “gran pecado” contra esta es “definir” y cortar el debate, y este gran pecado, se imputa al magisterio pasado y a la teología tomista, veamos:   
A lo largo de la historia se han dado casos de afirmaciones no definitivas de concilios ecuménicos que más tarde, gracias a un sereno debate teológico, fueron matizadas o tácitamente corregidas (por ejemplo, las afirmaciones del Concilio de Florencia con relación al sacramento del Orden, según lo cual la materia la constituía la entrega de instrumentos, cuando la más cierta y constante tradición afirmaba que bastaba con la imposición de manos por parte del obispo; esto fue confirmado por Pío XII en 1947). Si después del Concilio de Florencia los teólogos hubieran aplicado ciegamente el principio de la “hermenéutica de la continuidad”, a dicha declaración del Concilio de Florencia (que es objetivamente errónea), defendiendo la tesis de que la entrega de instrumentos como materia del sacramento del Orden se ajustaba al Magisterio constante, probablemente no se habría llegado a un consenso general de los teólogos con respecto a la verdad que afirma que sólo la imposición de manos por el obispo constituye la verdadera materia del sacramento del Orden.
  Esto está lleno de bombas de tiempo, comenzando por que esa definición del Concilio de Florencia no fue “objetivamente errónea” (pero es harina de otro costal y muy largo de contar) y que se pone para decir “otros concilios erraron, es normal”. La peor es decir que el tema se soluciona por “un consenso general de teólogos”. ¡Nooo! O se soluciona porque el Papa lo dictamina como última y única instancia, o el debate no cesa nunca jamás. Y en el caso de marras Pio XII se puso los galones y chau. Pero no era un “error” ¿o alguien sabe de ordenaciones que tuvieron que ser anuladas por haberse hecho con el anterior rito? Podía ser una o la otra, Pio XII terminó el tema.
Es necesario fomentar en la Iglesia un clima sereno de debate doctrinal en relación con aquellas declaraciones del Concilio Vaticano II que son ambiguas o han dado lugar a interpretaciones erróneas. No hay nada de escandaloso en tal debate doctrinal; todo lo contrario, contribuirá a mantener y explicar de un modo más seguro e integral el depósito de la fe inmutable de la Iglesia.
  Reiteramos, no se trata de discutir caso por caso, se trata de abandonar un sistema conceptual (filosofía) que deja todo sujeto a la no definición categórica y pone todo en constante debate de los teólogos. Sí y sí, ES ESCANDALOSO el dejar la doctrina a un perpetuo debate doctrinal, la autoridad debe pronunciarse en un punto definitivo Y LOS FIELES SABER QUE CORNO HAY QUE HACER Y QUE PENSAR.
No se debe hacer excesivo hincapié en un concilio determinado, otorgándole un carácter absoluto o equiparándolo a la Palabra de Dios oralmente transmitida (Sagrada Tradición) o por escrito (Sagradas Escrituras). El propio Concilio Vaticano II afirmó correctamente (cf. Dei Verbum, 10), que el Magisterio (el Papa, los concilios y el magisterio ordinario y universal) no están por encima de la Palabra de Dios, sino por debajo, supeditados a ella, y es solamente su siervo (de la Palabra de Dios transmitida oralmente = Sagrada Tradición, y de la Palabra de Dios escrita = Sagradas Escrituras)
Desde un punto de vista objetivo, las afirmaciones magisteriales (del Papa y de los concilios) con carácter definitivo tienen más valor y más peso comparados con las de naturaleza pastoral, que son de por sí mudables y temporales en función de las circunstancias históricas o de situaciones pastorales circunscritas a un momento determinado, como sucede con la mayoría de las declaraciones del Concilio Vaticano II.
   Esto es el acabose, esto es el eje del error conciliar; toma una frese del Concilio que es justamente errónea y atacable por ambigua. Dice que no se puede dar a un Concilio determinado, o al Magisterio, el carácter de “absoluto”. Es decir, pone a todos los concilios y definiciones magisteriales en el mismo plano que el Concilio Vaticano II, es decir, son opiniones y no definiciones. Por supuesto que las definiciones están subordinadas a la Tradición y las Escrituras, pero esta subordinación está garantizada de ser exacta por el Espíritu Santo, una vez definidas por el Papa o los Concilios con el Papa.  SON Tradición y SON Palabra de Dios. Es un juego ambiguo de palabras que pone en otro plano al magisterio Infalible, en el plano de la inteligencia humana y no de la asistencia divina. Está muy mal decir que las definiciones del Magisterio son “de más valor” que las pastorales (que son mudables), estas, una vez definidas, adquieren “valor absoluto”, no son sólo de “más valor”, la diferencia no es de grado.  
El aporte original y valioso del Concilio Vaticano II radica en la llamada a la santidad de todos los miembros de la Iglesia (cap. 5 de Lumen gentium), en la doctrina sobre el papel central de Nuestra Señora en la vida de la Iglesia (cap. 8 de Lumen gentium), en la importancia de los fieles laicos para mantener, defender y promover la fe católica y en el deber de éstos de evangelizar y santificar las realidades temporales con arreglo al sentido perenne de la Iglesia (cap. 4 de Lumen gentium), y en la primacía de la adoración de Dios en la vida de la Iglesia y la celebración litúrgica (Sacrosanctum Concilium, nn. 2; 5-10). El resto se podría considerar hasta cierto punto secundario, provisional, y probablemente en un futuro hasta olvidables, como ha sucedido con algunas afirmaciones no definitivas, pastorales o disciplinarias de diversos concilios ecuménicos del pasado.
   Parece muy lindo todo esto, pero veamos qué se entiende por “Iglesia” en el Concilio, y veremos que estas aseveraciones sobre la Iglesia, difuminan y corroen el sentido tradicional de estas afirmaciones generales. Si todo lo dicho implica una idea de Iglesia que no es la tradicional, pues todo lo dicho está mal. Uno de los temas más novedosos del Concilio es justamente qué debe entenderse por Iglesia, lo que juega con la libertad de culto, el ecumenismo, etc. Y llegamos al concepto de Iglesia “Pueblo de Dios”, de los “vestigios” de Iglesia en las protestantes y todo ese merengue. Y entonces la cita se convierte en bomba de tiempo.
 
Las cuatro cuestiones siguientes -Nuestra Señora, la santificación de la vida personal, la defensa de la fe con la santificación del mundo según el espíritu perenne de la Iglesia y el carácter prioritario de la adoración de Dios- son los que con más urgencia se tienen que vivir y aplicar hoy en día. En esto, el Concilio Vaticano II tiene un papel profética que, desgraciadamente, no se ha cumplido todavía de modo satisfactorio.
   A Deo Gratia no se ha cumplido. Todos esos términos que parecen tan lindos, no tienen una expresa definición y quedan ambiguamente tratados. El Concilio ni siquiera acierta a decir quién es ese Dios (¿el de todos los hombres? ¿El de Lutero? ¿El de Mahoma?).
En vez de vivir estos cuatro aspectos, un sector numeroso de la nomenclatura teológica y administrativa de la Iglesia lleva medio siglo promoviendo cuestiones doctrinales, pastorales y litúrgicas ambiguas, distorsionando con ello la intención original del Concilio o abusando de afirmaciones doctrinales ambiguas o poco claras con miras a crear una iglesia diferente, de tipo relativista o protestante. Hoy en día asistimos a la culminación de este proceso.
   Es el Concilio quien promueve esta ambigüedad, no malos intencionados que lo tuercen, la “intención originaria del Concilio” era justamente revolucionaria, lean el artículo de Davis (y los mil libros sobre el tema). La “culminación” de este proceso es fruto del Concilio y no de su mala interpretación sino de su correcta intelección (y probablemente no sea tal culminación y el dislate continúe porque la deriva de la negación es infinita)
La crisis actual de la Iglesia consiste en parte en que a algunas declaraciones del Concilio Vaticano II que son objetivamente ambiguas, o en que a esas pocas afirmaciones que difícilmente se ajustan a la tradición magisterial constante de la Iglesia, se las ha llegado a considerar infalibles.
  Falso, no es ese el problema, nadie considera nada infalible, ese es el problema. Lo que quiere decir Schneider es que el mal proviene del criterio – o dogma- de la Infalibilidad. La crisis viene de la Infalibilidad y la solución, del “debate maduro” y perpetuo (¿les suena conocido?).  Puso la palabrita justa, lo malo es la infalibilidad y lo bueno es el debate. Veamos:
Y así se ha llegado a bloquear un sano debate con las respectivas correcciones necesarias, implícitas o tácitas. Al mismo tiempo, se ha fomentado el surgimiento de afirmación teológicas en conflicto con la tradición perenne (v.g. con relación a la nueva teoría del llamado doble sujeto supremo ordinario del gobierno de la Iglesia, es decir, el Papa por sí solo y todo el colegio episcopal junto con el Papa, la doctrina de la neutralidad del Estado hacia el culto público que debe rendir al Dios verdadero, que es Jesucristo, Rey también de toda sociedad humana y política, y la relativización de la verdad de que la Iglesia Católica es la única vía de salvación querida y ordenada por Dios).
Imagen relacionada  Falso, no se ha bloqueado ningún debate, se ha multiplicado hasta el infinito. No hay afirmaciones teológicas en conflicto con la tradición perenne. Lo que no hay es “afirmaciones”, no hay ninguna, y lo que hay es voluntad de borrar de la memoria toda afirmación magisterial y poner todo en “sano debate” y correcciones eternas. Schneider no escapa del mal de Concilio, sino que vuelve a la raíz del mal. Tratando de escapar de la tiranía burocrática de Francisco, tira por tierra la autoridad Papal.
Tenemos que liberarnos de las cadenas que imponen un carácter absoluto e infalible al Concilio Vaticano II y pedir un clima de debate sereno y respetuoso motivado por un amor sincero a la Iglesia y a la fe inmutable de la Iglesia.
   Pura cháchara, no hay tales “cadenas de absolutismo”, las hay de relativismo. Francisco mismo quedaría perplejo ante esta imputación, diciendo: “¿quién cornos dice que el Concilio sea infalible? ¡Si justamente decimos con el Concilio que no hay nada infalible!”. Se usa el “cuco” del dogmatismo ¿Por qué se cree que es malo? ¿O por dar el gusto a los oídos modernos? No sé.
  Schneider quiere convertir la doctrina en debate permanente de “teólogos”. Vamos a lo concreto y real: ¿Quiénes corno son esos teólogos? ¿Todos los teólogos? ¡Lindo debate! ¿Viene el Tucho Fernández al debate? En el concilio estaban todos los teólogos, y ahora resulta que los hay mejores, justamente los que fueron formados en el Concilio. Es volver a lo mismo, el debate ya se hizo y lo ganaron por mayoría, concluyendo en nada, el éxito no era una conclusión, era la perpetuación del debate, y de ese debate salió más debate y así hasta el infinito.
Podemos ver una señal positiva de ello en que el 2 de agosto de 2012 Benedicto XVI escribió un prefacio al volumen relativo al Concilio Vaticano II en la edición de sus obras completas, en el cual manifiesta sus reservas con respecto a contenidos concretos de Gaudium et spes y Nostra aetate. Del tenor de dichas palabras de Benedicto XVI se deduce que los defectos concretos de determinadas partes de los documentos no se pueden mejorar con la “hermenéutica de la continuidad”.

    ¡Muy positiva! Las terminaban de dictar y ya las ponían en duda y discusión. Siga el baile. Siga el debate, corrijamos, agreguemos…

Una FSSPX canónica y plenamente integrada en la vida de la Iglesia podría hacer un aporte muy valioso a dicho debate, como deseaba también el arzobispo Marcel Lefebvre. La presencia canónica plena de la FSSPX en la vida de la Iglesia actual contribuiría también a suscitar un clima general de debate constructivo a fin de que lo que siempre creyeron todos los católicos en todas partes durante dos mil años se crea de un modo más claro y seguro también en nuestros tiempos, realizando así la verdadera intención pastoral de los padres del Concilio Vaticano Segundo.
   La boca se te haga a un lado. El “debate” que ha dado  la FSSPX y Mons. Lefebvre, es que hay cosas – muchas- ¡¡que no están sujetas a debate!! La Iglesia no es un comité del partido radical que busca “consenso”, es una Institución Jerárquica, docente y gubernativa. Lo que siempre creyeron los católicos no es objeto de debate, no se vuelve a la Verdad en un debate, se vuelve por la autoridad.
La auténtica finalidad pastoral apunta a la salvación eterna de las almas, la cual sólo se puede alcanzar anunciando toda la voluntad de Dios (Hch.20, 27). Una ambigüedad en la doctrina de la fe y en su aplicación concreta (en la liturgia y en la pastoral) supondría un peligro para la salvación eterna de las almas y sería por consiguiente antipastoral, dado que la proclamación de la claridad y de la integridad de la fe católica y de su fiel aplicación es voluntad explícita de Dios. Únicamente la obediencia perfecta a esta voluntad de Dios, que nos reveló la verdadera fe por medio de Cristo, Verbo Encarnado, y de los apóstoles, la fe interpretada y practicada constantemente en el mismo sentido por el Magisterio de la Iglesia, lleva la salvación a las almas.
    Pareciera que acá le pega, pero no. Separen los párrafos, el primero está bien, repitamos:
   La auténtica finalidad pastoral apunta a la salvación eterna de las almas, la cual sólo se puede alcanzar anunciando toda la voluntad de Dios (Hch.20, 27). Una ambigüedad en la doctrina de la fe y en su aplicación concreta (en la liturgia y en la pastoral) supondría un peligro para la salvación eterna de las almas y sería por consiguiente antipastoral, dado que la proclamación de la claridad y de la integridad de la fe católica y de su fiel aplicación es voluntad explícita de Dios.
   Frase que debería concluir en que: para eso… Cristo puso UNA Cabeza en la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, que debe dar fin a todas las ambigüedades, porque sólo UNO puede hacer esto, y no una parva de opinólogos. Pero la termina de una manera ambigua, habla de un “magisterio”, que ya sabemos por lo anterior, que es el “debate de los teólogos”.  
+ Athanasius Schneider,
Obispo auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima de Astaná, Kazajistán
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    El simpático Monseñor no me convence, veo más de lo mismo, y me pregunto: ¿Está este Monseñor por la Restauración, o por la Reforma de la Reforma como el morocho Sarah? Los porteños lo tendrán en Buenos Aires en el mes de Setiembre, rodeado de la mejor élite del tradicionalismo no lefebrista. ¿Estarán todos ellos por la Restauración o por la Reforma de la Reforma? Veremos.
    Lo único que veo claro, es que el Concilio Vaticano II a pesar de sus ñañas, goza con ellos de buen pronóstico. Será otro lindo “debate sereno”. Monseñor por Monseñor, me quedo con el nuestro y su esquemático tomismo.

   

24 comentarios:

  1. "estamos de "acuerdo" con el 95% del CVII"
    ¿"Alguien" lo dijo?
    ¿"Sucedio" realmente?
    Por lo demas completamente acorde.
    Lejos de los "sellos". Por supuesto.
    Atanasio

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  2. Usted Cocodrilo quiere dejar sin trabajo a los teòlogos. Si va todo marcha atràs se quedan desocupados. Y a què se dedicarìan luego?! Màs Cocineros?

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    1. ¿Los teólogos modernistas se refiere ud?

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    2. Mi tentacion es jubilarlos a todos, como a los abogados, después que Dios vea si habia algunos buenos. Una buena prohibicion de no hacer teologia por veinte años vendria bien, salvo estudiar la Suma y en algunos casos especiales. Durante esos veinte años todos obligados a estudiar el catecismo de Astete hasta que lo reciten de memoria.

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    3. Si tiene que sacar a los modernistas queda ni uno ja ja ja ja

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  3. Don Dardo:: De acuerdo casi en todo, pero lo de la infalibilidad del CVII, sí que fue usado como argumento. Lo dice Mons Fellay en una entrevista que dio en Lima: Hace 5 o 10 años era imposible si quiera discutir con la jerarquía de la Iglesia sobre el CVII ya que estaba "inspirado" por el Espíritu Santo y por lo tanto era infalible. Hoy en día, con Francisco, y ante el desastre evidente, algunos obispos tímida y discretamente se permiten aunque sea considerarlo críticamente y ver cuáles son sus frutos.

    No entiendo por qué el conservadurismo tiene que recurrir a la "hermenéutica de la continuidad", a la "Forma Extraordinaria del Rito Romano", minimizando las intenciones de quienes se impusieron en el concilio, confundiendo este concilio con cualquier otro. Siempre es un "sí, pero no tanto".

    ¿Se teme que al hablar claramente la Iglesia choque frontalmente con el mundo?, ¿que sea despojada de gran parte de su patrimonio? ¿La persecución mediática? ¿un cisma que existe de hecho?

    Usted hace un tiempo había publicado otro artículo de Schneider defendiendo no sé que interpretación de que el Papado tiene que actuar junto al colegio de cardenales como si fuera el presidente de una asamblea legislativa, para arbitrar, para terciar, aunque no lo dijo tan explícitamente. ¿Qué beneficio obtendrían de esto? Estarían en minoría siempre, ya que tendrían todo el aparato mediático manipulando la opinión pública para que la Iglesia "se adapte a los tiempos" como hoy pero la diferencia sería que ya no existiría la autoridad definitiva que tiene el Papado y sería imposible una restauración (en el plano natural). Sería consagrar los mismos errores que sufrimos en el gobierno civil con la democracia, el interminable debate infructuoso (el supuesto diálogo sereno), la obediencia partidaria, las operaciones mediáticas, que ningún proyecto cuaje nunca, es decir que la confusión se establezca para siempre en la jerarquía de la Iglesia y luego en los fieles.

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  4. Serán pocos los católicos actuales que no perciban el gran número de delitos contra la fe que suceden entre los miembros de la jerarquía que hoy se dice católica. Casi todos, sin embargo, ya tuvieron alguna noticia de ciertas doctrinas nuevas introducidas en la Iglesia por el Vaticano II: Libertad religiosa, Ecumenismo, Colegialidad … Pero, la mayor parte no es capaz de discernir las relaciones entre estas novedades y las doctrinas de los ateos y agnósticos de la Revolución Francesa que levantan contra el orden social cristiano las doctrinas no cristianas de libertad moral y jurídica, igualdad entre el error y la verdad y una supuesta fraternidad de las víctimas con sus verdugos. Doctrinas secularmente condenadas por la Iglesia penetraron en el Concilio bajo apariencias engañosas. El orgullo de los ateos contra Dios se camufló bajo el “culto del hombre” establecido por Pablo VI y por el Concilio al decretar el“derecho del hombre” de obrar contra la verdad y los mandamientos de Dios, igualando todas las falsas religiones con la única verdadera en una “igualdad jurídica” (aequalitas jurídica) y reivindicando de parte de los corderos la unión fraterna para con los lobos que los devoran, la fraternidad “sin discriminación por razones religiosas” entre el Templo de Dios y los de los ídolos. Pretenden equiparar la ciudad cristiana a la ciudad de Lucifer y hacer que los hijos de Dios no luchen más contra los que luchan contra Dios. La pretensión de las nuevas doctrinas fue eliminar la dicotomía entre la generación de Cristo y la del demonio que León XIII describió en la “Humanum genus”: “El linaje humano está dividido en dos bloques diversos y adversos: uno combate por la verdad y por el bien; el otro, por todo cuanto es contrario a la verdad y a la virtud”. El Concilio vino a predicar aquello que Gregorio XVI llamó “deliramentum” y que San Agustín denominó como “derecho de perdición”: “el derecho de los que no cumplen la obligación de seguir la verdad y de adherirse a ella” (2.9). Es el “derecho” concedido al “non serviam” de Lucifer. Para encubrir con “velo de malicia” tal absurdo, el Concilio se sirvió de la Filosofía agnóstica de los ateos: niega la objetividad de la distinción entre verdad y error, entre bien y mal. Así, la noción de Dios, de verdad y de ley divina, se vuelve ignorada e igualada a su negación: se afirma o se niega libremente, subjetivamente, lo que se quiere, como error o verdad. Los límites entre el “deber” verdadero y lo que está contra el deber quedan subordinados al“criterio propio libre” de cada uno. Innumerables veces, ya sea la Filosofía católica, ya sea el Magisterio de la Iglesia, condenaron tal doctrina absurda y pusieron en evidencia los sofismas por los cuales fue propuesta férreamente por los enemigos de la Iglesia. Pero, como avisara San Pío X, éstos se infiltraron entre los hombres de la Iglesia y se declararon falsamente “católicos“. Penetraron en el Concilio: conquistaron a aquél que se sentaba en la Cátedra de Pedro. Y entonces vimos allí a un “papa” decretar ese derecho satánico y hablar del “culto del hombre” al final del Concilio. Dentro de los límites de este artículo analizaremos algunos puntos de la Filosofía y Teología conciliares, mostrando la perversión de la razón y la herejía que mancha la Revelación y el Magisterio tradicional católico. De allí que se puede y se debe rechazar esa “Iglesia conciliar” como “falsa religión cristiana”,“enteramente ajena a la única Iglesia de Cristo” (Pío XI Mortalium ánimos). Quien no lucha por la verdad y por el bien pertenece al “bando adversario” y no a la “ciudad de Dios”.
    https://eccechristianus.wordpress.com/2015/02/12/porque-rechazar-como-falso-el-vaticano-ii/



    https://radiocristiandad.wordpress.com/2008/01/17/los-errores-que-imputamos-al-concilio-vaticano-ii-1/
    no hay mucho para discutir los que saben ya hablaron....

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  5. Concuerdo con Daniel en que gran parte de los católicos, y aquí me refiero al laico simple y llano, cree que el CVII es infalible. Esto ha sido abonado permanentemente por el clero progresista. Hasta el judío Verbitsky (creo que se escribe así) en sus diarreas mentales en Página 12, cuando escribe contra la Iglesia, lo hace dando por supuesto que para los católicos el CVII es infalible. O por lo menos quiere hacer creer esto a sus lectores.

    Antonio Torres.

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    1. La idea que ponia a los católicos bajo obediencia del Concilio y de sus Papas, no era sobrenatural, era lo políticamente correcto, eran las reglas del club, era el orden social, los respetos humanos, el no sacar los pies del plato, el no quedar fuera de juego o muchas otras razones, pero puedo asegurarles que salvo un par de viejitas, ya a nadie que supiera leer se le ocurria la idea de una asistencia sobrenatural que ni siquiera se habia invocado. Y no digo hoy, cuando esas viejitas se han muerto.

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    2. El ídolo de Antonio, el P. Buela, también considera que el CVII es infalible y debatió sobre ese tema y otros con sacerdotes de la FSSPX.

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    3. Entiendan el contexto, ni modernistas ni tradicionalistas entendieron jamás que el Concilio fuera infalible ¡El Concilio lo decía expresamente! Que alguna línea media usara el argumento para echarnos flit a los lefe, no es que se lo creyeran, ¡era para asustar unas viejas y unos tontos a fin de que no se sumaran a la FSSPX!

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    4. Agrego. No creo que Antonio (no lo conozco, pero colijo) tenga ídolos.

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    5. Pobre, Juancho, ni siquiera tiene lo que hay que tener para opinar dándose a conocer. No voy a hablar en nombre del P Buela. No, el único ídolo que tuve fue Ermindo Onega. Fíjense de qué época soy.

      Antonio Torres.

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    6. Pablo sexto ató al error a los bautizados con el breve In Spiritu Sancto. Encima invocó al Espíritu Santo como que si ÉL fuera autor de los errores del conciliábulo.

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  6. y después que la jeraquía sijo qu el Concilio vat II no sirvió y tiene errores qué cree ud. cocodrilo que pasará? el espíritu que lo insufló también pasará?

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    1. Eso ya es futurología, lo que me parece es que la tirada de chancleta de Francisco, que es llevar a su conclusión lógica (ideológica) el Concilio, lo va a estallar, va a demostrar (como ha sucedido en todas las revoluciones) que es impracticable y que sume todo en anarquía, que funde todo. Puedo pensar que se viene una nueva reforma de la reforma, más difusa, más solapada, más conservadora, más de "orden"; un paso atrás, que va a dejar tranquilos a la mayoría. Por lo menos ese es el proceso histórico normal. No sé si viuene justo después de Francisco (que sería Robespierre), o hay otro escalón más bajo luego. Pero o Dios termina todo, o hay una reacción conservadora. Un gatopardismo. Y allí quiero ver quienes quedan.

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    2. Como verás, mi problema no es Francisco, sino avisar lo que se viene después de Francisco, cuando nos parezca que la borrasca terminó y nos mate el marasmo.

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    3. YA deje de llamar fr ... al FALSARIO!!

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  7. Que van a hacer? reconocer que fueron infiltrados por la masonería, o al menos por las ideas liberales? decir que hay tirar todos los papeles del CVII a la basura? reconocer que tuvieron antipapas (Pablo VI p. ej)? Cómo van a hacer eso si están metidos en su propia trampa de que es imposible que ellos puedan negar al Señor. Pienso que la Iglesia Católica, en su parte militante, reproduce en cierta manera las virtudes y defectos de Pedro: "aunque fueras para todos ocasión de pecado, para mi no" y al final sí, también tú.

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    1. Humanamente no es previsible que lo hagan. Pero uno tiene que hacerlo por uno mismo. Y esperar la ocurrencia del "misterio" con confianza.

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  8. https://youtu.be/DGZ-NRJDkKY
    escuchen al bruto Navarro a partir minuto 34... no estoy en la frater pero la info que hay en internet es clara y estos neocones desgraciados si que tuercen todo. Indignante.

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  9. Que estómago Antonio..... ¡¡leer a verbitsky!!

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    1. Solo lo leo cuando escribe algo contra la Iglesia. En general es previsible y sumamente tedioso.

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